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Circular con el coche en buen estado no es solo una cuestión de comodidad, sino de seguridad vial. Entre todos los elementos que influyen en una conducción segura, el sistema de frenada ocupa un lugar prioritario: es el encargado de detener el vehículo de forma eficaz ante cualquier imprevisto.
Sin embargo, muchos conductores siguen sin tener claro cuándo hay que cambiar las pastillas y los discos de freno, lo que puede provocar averías graves y situaciones de riesgo evitables.
A lo largo de su vida útil, discos y pastillas de freno sufren un desgaste progresivo debido a la fricción constante. Por eso, los fabricantes recomiendan revisar el sistema de frenado al menos dos veces al año cuando el coche se usa de forma habitual, es decir, con un kilometraje anual de unos 20.000 km o inferior. Si el uso es más intensivo, se realizan muchos trayectos urbanos o se practica una conducción más exigente, las revisiones deberían ser más frecuentes. Estas comprobaciones periódicas permiten detectar a tiempo el desgaste y evitar daños mayores que comprometan la eficacia del frenado.
Los discos de freno suelen estar fabricados en hierro y giran solidarios a la rueda. Cuando pisas el pedal, las pastillas presionan sobre ellos y reducen la velocidad del vehículo. Su desgaste depende del tipo de conducción, del peso del coche y de los kilómetros recorridos, pero como norma general se recomienda cambiar los discos cada dos cambios de pastillas.
Existen señales claras que indican que los discos están llegando al final de su vida útil:
► Vibraciones en el pedal o en el volante al frenar
► Ruidos metálicos o chirridos persistentes
► Desgaste visible, escalones o surcos en la superficie del disco
Retrasar su sustitución no es una buena idea. Un disco en mal estado puede perder eficacia o incluso romperse, dejando al vehículo sin capacidad de frenado, con el consiguiente peligro para todos los usuarios de la vía.
Las pastillas de freno son las encargadas de generar la fricción directa contra el disco. Van alojadas en las pinzas de freno y su desgaste es más rápido que el de los discos. Por lo general, se cambian entre los 30.000 y los 60.000 kilómetros, aunque esta cifra puede variar según el uso del coche y el estilo de conducción.
Los profesionales del taller aconsejan sustituirlas cuando les queda menos de un 30 % de grosor, incluso aunque todavía no hayan alcanzado el kilometraje habitual. Ignorar este punto puede provocar que la pastilla se consuma por completo y termine dañando el disco, encareciendo la reparación y reduciendo la seguridad.
Más allá del kilometraje, tu coche suele avisar cuando algo no va bien en el sistema de frenada. Presta atención si detectas:
► Mayor distancia de frenado
► Pedal más duro o más esponjoso de lo normal
► Testigo de desgaste de frenos encendido en el cuadro
Ante cualquiera de estos síntomas, lo más prudente es acudir cuanto antes a un taller de confianza para una revisión profesional.
Mantener el sistema de frenado en buen estado no es un gasto innecesario, sino una inversión directa en seguridad y tranquilidad. Unos frenos revisados y en condiciones marcan la diferencia en una situación de emergencia. Si tienes dudas sobre el estado de las pastillas o los discos de tu coche, confía en profesionales especializados y evita riesgos innecesarios.

